Introducción1

Los estudios sobre los mercados financieros adquirieron desde los años noventa del pasado siglo un mayor protagonismo dentro del prolífico desarrollo que la sociología y la antropología económicas vienen mostrando desde hace más de cuatro décadas. Al problematizar la heterogénea arquitectura y dinámica de estos mercados en relación con los productivos –en tanto que se distinguen por el intercambio especulativo sobre el valor futuro de “bienes” (monedas, acciones, derivados y otros contratos), desanclados de toda referencia material inmediata–, la sociología de las finanzas señaló, aun sin proponérselo en términos explícitos, la necesidad de volver a interrogarse con respecto al concepto mismo de mercado. Y es que, si bien los estudios sociales de la economía habían problematizado extensamente la noción de mercado, lo habían hecho pensando casi exclusivamente en mercados de productos industriales y/o servicios no financieros.

El objetivo de este artículo es reexaminar las teorizaciones contemporáneas relativas a los mercados financieros a la luz de los conceptos de público y multitud desarrollados por el sociólogo Gabriel Tarde a fines del siglo XIX, con la finalidad de reflexionar sobre dos modalidades específicas que adquiere el lazo social entre los individuos, con dinámicas colectivas que les son propias. Pero ¿qué pueden decirnos estos conceptos pensados hace más de un siglo acerca de la composición y dinámicas de los mercados financieros contemporáneos? ¿Qué aportan a las perspectivas existentes en la sociología de los mercados?

Si la sociología de las finanzas viene insistiendo en los últimos años en la relevancia de la dimensión comunicacional de los mercados para comprender su funcionamiento y sus prácticas de asignación de valor, las nociones tardeanas de público y multitud permiten caracterizar la dinámica colectiva de los mercados financieros en torno a los modos diferenciales de producción y propagación de corrientes de opinión que contribuyen a la construcción de (e)valuaciones sobre las monedas y derivados, entre otros contratos, y su evolución futura. La hipótesis general que orienta este trabajo es que los mercados financieros contemporáneos articulan la lógica de los públicos –una forma de lazo microfísico de alcance global y a distancia, tejido alrededor de la propagación de corrientes de opinión, que vincula a agentes expertos y ordinarios en torno a la vida financiera– y de las multitudes –la intensificación y aceleración de ciertas (e)valuaciones que logran expandirse a través de sociabilidades tradicionalmente comunitarias entre los agentes financieros profesionales (próximos en términos socioculturales e incluso geográficos, al concentrarse generalmente en pequeñas áreas de las grandes ciudades), pudiendo configurar episodios de crisis.

Una aclaración teórico-metodológica: el propósito de este texto no es articular una historización de las nociones de público y multitud o de sus recepciones, ni tampoco revisar o reconstruir el pensamiento de Gabriel Tarde relativo a la economía, una empresa fundamental para la sociología económica, como evidencian los trabajos de Lazzarato (2018) y Latour y Lépinay (2009). Más bien, se trata de un ejercicio teorético sobre dos nociones claves de la caja de herramientas tardeana (Foucault, 2006 [1975]) y su potencial aporte al análisis de las lógicas sociales de los mercados contemporáneos y, por lo tanto, a los debates actuales de la sociología de las finanzas.

Los mercados en los estudios sociales de la economía: hacia una revisión crítica

Los abordajes sociológicos y antropológicos sobre los procesos, objetos y sujetos entendidos como económicos asisten a una potente revitalización desde los años setenta del siglo xx. Un conjunto tan prolífico como heterogéneo de trabajos que se propuso disputar críticamente la hegemonía de la teoría económica mainstream proponiendo nuevos paradigmas interpretativos y estrategias metodológicas, así como la construcción de objetos novedosos, tradicionalmente rechazados por el saber económico (Zelizer, 2008).

En este proceso de revitalización del campo de la sociología económica, la reflexión en torno al concepto de mercado ha nucleado gran parte de los esfuerzos de los cientistas sociales a lo largo de las últimas cuatro décadas. En parte, sin duda, porque la de 1970 constituye un escenario sociohistórico de profundas transformaciones en la configuración del capitalismo (vinculadas en términos amplios a la llamada financiarización) que sellan la indiscutible centralidad económica, política y cultural que los mercados poseen en nuestras sociedades contemporáneas. Atender a los modos en los que los mercados se consolidan como uno de los espacios más relevantes de producción de valores, en su doble acepción económica y moral, se presentaba como una tarea imperiosa para nuestras disciplinas. También, en términos intrateóricos, porque el mercado constituye la institución primaria de todo el edificio teórico de la ciencia económica clásica y neoclásica, y, de hecho, no sería absurdo afirmar que el mercado es una de las invenciones cognitivas (y políticas) más relevantes de los siglos XIX y XX.

Al recordar el mencionado espíritu crítico de estos trabajos, no sorprende el esfuerzo sistemático por producir nuevas formas de comprensión del mercado.

Afrontando un verdadero desafío intelectual, los científicos sociales se propusieron entonces abrir la “caja negra” de los mercados: ¿Qué es un mercado? ¿Es aquel espacio abstracto e impersonal donde se encuentran mecánicamente la oferta y la demanda, convergiendo en la producción de un valor-precio? ¿Es un ámbito autorregulado, ordenado por la única lógica que le sería inmanente y universalmente válida (la racionalidad instrumental)? ¿Son las relaciones mercantiles meros vínculos con arreglo a fines, llevadas a cabo por individuos que son naturalmente calculadores? ¿Constituyen los sentidos, valores y afectos meros contextos, cuando no abiertos obstáculos, para la realización de los mercados?

Desnaturalizar el tratamiento de la teoría económica clásica y neoclásica relativa a la institución y dinámica mercantil supuso, en primer lugar, postular que los mercados están socialmente construidos (Fourcade, 2007). Lejos de la comprensión del mercado como un principio puramente abstracto de organización de la vida colectiva, dominado por el imperio del cálculo racional-instrumental, sociólogos y antropólogos demostraron que la supuesta autonomización de los mercados del resto de las relaciones y dinámicas sociales está tanto teórica como empíricamente infundada. Partiendo del postulado de que la acción económica es una forma entre otras de acción social y que las instituciones económicas son asimismo construcciones sociales, los pioneros en el abordaje sociológico de los mercados sostuvieron que estos están siempre arraigados en redes de relaciones sociales e institucionales que los configuran de modos específicos y situados (Granovetter, 2003; Smelser y Swedberg, 2005).2 La lógica de poder del capitalismo globalizado supone comprender relacionalmente los intercambios mercantiles (y los financieros especialmente) entre los procesos globales y sus múltiples localizaciones y, por lo tanto, sus singularidades. Es necesario, desde esta perspectiva, abordar la pluralidad de mercados “realmente existentes”, a través del análisis de las prácticas mercantiles que tienen lugar en relaciones sociales concretas e históricamente variables, que se reproducen en sociabilidades particulares y se estructuran según racionalidades específicas. Los mercados, en efecto, articulan dimensiones cognitivas y valorativas (morales, estéticas, políticas), nodales en la configuración de las prácticas de compra-venta, que exceden con mucho la supuestamente homogénea racionalidad instrumental (DiMaggio, 2005; Carruthers y Babb, 2000; Dobbin, 2004; Zelizer, 1979, 2008). En resumen, los mercados no son ni tan abstractos ni tan racionales como los economistas (y el sentido común) tienden a asumir.

A pesar de esta común afirmación acerca del carácter socialmente construido y situado de los mercados, los sociólogos de la economía difieren en los postulados teóricos a través de los que entienden dicha construcción, por lo que las definiciones y modos de abordaje de los mercados son heterogéneos dentro del campo. En los años setenta y ochenta, la llamada “nueva sociología económica” comprendió el problema del arraigo (embeddedness) en un sentido estructural, más que cultural (Spillman, 1999): la cuestión clave tenía que ver con el modo en que las redes estructurales –las relaciones interpersonales o institucionales en las que los actores económicos están inmersos– influencian o condicionan los procesos de mercado (Granovetter, 2003; Smelser y Swedberg, 2005). De ahí que, en sus comienzos, como sostiene Zelizer (2008), el tratamiento de los mercados como redes, si bien promovió una renovación de los interrogantes y agendas de investigación, quedó limitado al análisis de los “contextos” de la actividad mercantil, funcionando así de modo complementario, más que alternativo, al de la teoría económica. Las críticas no se hicieron esperar: distintos autores consideraron que los mercados continuaban siendo pensados, en su núcleo, de manera similar a la de la teoría económica y que era necesario entonces avanzar en nuevas propuestas analíticas.

Como resultado de ese proceso, en la sociología de los mercados emergerán otras dos grandes perspectivas de análisis, además de los mencionados estudios de redes (Fourcade, 2007).3 Por un lado, aquellos a quienes denominamos “culturalistas”, que entenderán la cultura no como el mero contexto, sino como el propio texto de la vida económica mercantil.4 La cultura no puede comprenderse como algo espacialmente apartado ni analíticamente diferenciado del mercado, al que afectaría solo de un modo externo, a través de normas o convenciones que se limitarían a condicionar o situar una racionalidad instrumental que sería el verdadero fundamento de las prácticas de compra-venta. Dentro de esta corriente, habrá análisis de corte estructuralista, como los de Bourdieu (2010), DiMaggio (2005) y Fligstein (2000), que pondrán el foco en la dimensión cultural de la estructura del mercado (sistemas de representaciones objetivadas como posiciones, institucionales y subjetivas), pero también otros centrados en los discursos, prácticas y modos de sociabilidad de los agentes mercantiles en los que sentidos y valores (morales, estéticos, políticos) son producidos y reproducidos (Spillman, 1999). La otra perspectiva analítica es la de los llamados “performativistas”, vinculados principalmente a los estudios de la ciencia y de la técnica, que entenderán los mercados como dispositivos colectivos de cálculo y concentrarán su atención en los artefactos sociotécnicos (o equipamientos) y saberes expertos que hacen posible la producción de prácticas y sujetos de cálculo específicos (Callon y Muniesa, 2005; MacKenzie, Muniesa y Siu, 2008).

Por lo hasta aquí expuesto, puede comprenderse que, si bien se parte de un común punto de vista crítico sobre la teoría económica clásica y neoclásica, no puede decirse que exista una definición consensuada acerca de qué son los mercados en la sociología económica. A esa heterogeneidad teórico-metodológica se sobreimprimen los interrogantes y elementos que emergen con la tematización específica de mercados diversos. Tal es el caso de los mercados financieros, cuyo abordaje, en franco desarrollo desde la década de 1990, ha alcanzado a constituir una subdisciplina dentro de la sociología de los mercados (Preda, 2007) o incluso, como postula Knorr Cetina (2007), un campo nuevo de análisis con preguntas y conceptos diferentes a los de la sociología económica.

Los estudios sociales relativos a las finanzas pondrán en cuestión, a través de estudios situados, aquella imagen casi mitológica del mercado financiero como un ente abstracto, por completo deslocalizado y estrictamente gobernado por una racionalidad instrumental y técnica (Callon, 1998; Knorr Cetina y Preda, 2005; Preda, 2007). No obstante, esta multiplicidad de trabajos sociológicos y antropológicos son algo más que simples descripciones: la singularidad de las estructuras y dinámicas de los mercados financieros constituyen desafíos a las modalidades de comprensión de los mercados arriba examinadas. Entre otras razones, porque hablamos de mercados globalizados cuyos intercambios de bienes “singulares” (monedas, acciones, derivados y otros contratos, generalmente intangibles) se organizan en torno a la especulación sobre su valor futuro, y donde comunidades financieras extensas y complejas determinan sus valores-precios (solo tangencialmente ligados a un referente subyacente). De ahí que los mercados financieros deban distinguirse también en términos teóricos de los mercados productivos. Como señala Knorr Cetina (2007), el lenguaje de la sociología de los mercados, si bien puede ser útil para reflexionar acerca del mundo financiero cuando es aplicado de un modo apropiado, no logra dar cuenta de la especificidad de su arquitectura, de sus formas de acción privilegiadas y de las relaciones sociales que los caracterizan. Es por ello que indica la necesidad de recurrir a otras teorías y categorías sociológicas para el estudio de estos mercados.

Siguiendo esta invitación abierta, nos proponemos en lo que sigue describir y analizar la especificidad de los mercados financieros, poniendo en diálogo los estudios contemporáneos relativos a las finanzas con la categoría de público desarrollada por el sociólogo francés Gabriel Tarde a fines del siglo XIX, entendiendo que dicha noción puede contribuir a elucidar algunas de las dinámicas sociales que caracterizan a los mercados financieros en la actualidad. Al respecto, no deja de llamar la atención que la categoría de público haya sido revisitada por filósofos y sociólogos coetáneos para el análisis de modalidades novedosas de agrupamiento o relacionamiento social en la era de la información y las redes sociales, aunque pocas veces para el abordaje de procesos y sujetos económicos (Arnoldi y Borch, 2007; Borch, 2007). Y esto a pesar de que Tarde dedicó una parte significativa de su producción a la construcción de una perspectiva (micro)sociológica sobre la economía, ampliamente recuperada por autores como Bruno Latour (Latour y Lépinay, 2009) o Maurizio Lazzarato (2018), entre otros, a la hora de reflexionar acerca de la vida social de la economía.

Los mercados financieros, ¿nuevos públicos?

En el contexto del gran debate en torno a las masas que signó la vida intelectual de fines del siglo XIX (Moscovici, 1981), Gabriel Tarde elaboró la categoría de público para dar cuenta de la emergencia de una modalidad de lazo social que pone en relación a individuos que se encuentran físicamente separados pero mentalmente juntos, dando lugar a nuevas formas de agrupamiento colectivo (Tarde, 2013b).5 Vínculos “a distancia” que el autor veía surgir y expandirse al compás de la invención de la imprenta (con sus efectos sobre la multiplicación de los medios de prensa y su difusión) y de la transformación de los medios de transporte (que ampliaban las conexiones y comunicaciones entre lugares e individuos) (Blanco, 2014). A diferencia de las masas o multitudes que tanto preocupaban a sus contemporáneos, un público es “una colectividad puramente espiritual, como una diseminación de individuos físicamente separados y cuya cohesión es completamente mental” (Tarde, 2013b, p. 85). De ahí que Tarde sostuviera que los públicos constituían los “grupos sociales del futuro”, en tanto permitían pensar en la existencia de vínculos sociales que se despliegan más allá de la noción de espacio físico. Y es que los públicos representan, centralmente, una forma de lazo colectivo donde la interconexión entre los individuos está dada por la reproducción de corrientes de opinión: aquellos verdaderos ríos sociales de creencias y de deseos, de ideas y de voliciones, que son para Tarde la materia misma de la vida social (y económica) (Tarde, 2011, 2013b).6 Por eso esta modalidad de relacionamiento social no se fundamenta ni requiere de la presencia cara a cara de los individuos, sino que las conexiones microsociológicas (o micropolíticas) entre estos se producen a partir de la difusión y propagación de las corrientes de opinión (Tarde, 2013b; Lazzarato, 2018). La circulación y expansión de creencias, juicios y voluntades conecta y une cuerpos y espíritus que hasta entonces permanecían separados. Y esto es, para Tarde, fundamental para comprender las dinámicas sociales propiamente modernas, donde la lógica mercantil se extiende no tanto como un progresivo “desencantamiento del mundo” (como dirían algunos de sus coetáneos), sino como una potente pasión o fe que produce nuevos modos de asociación y coordinación interindividual (Blanco y Sánchez, 2019).

Pero ¿de qué modo esta forma molecular de lazo social se vincula con la dinámica de las finanzas contemporáneas? A diferencia de los mercados productivos, los financieros se abocan a la compra-venta de “bienes” particulares: contratos o activos no destinados al consumo, como monedas, bonos, acciones, obligaciones, créditos, entre otros. Activos que alcanzan, incluso, una realidad completamente inmaterial, cuando no son siquiera un pedazo de papel, sino simples entradas en hojas de cálculo o balances. Además, la lógica de acción privilegiada en los mercados financieros es la especulación, en tanto son mercados que se orientan a la producción e intercambio de un valor futuro (Knorr Cetina y Preda, 2005). Completamente dependiente de la desregulación sobre los mercados financieros que ha tenido lugar desde la década de 1970 a nivel global, la dinámica especulativa no se encuentra motivada ni conducida por necesidades de la producción, sino por el horizonte de producir ganancias a partir de la variación de precios presentes y futuros.

Es por ello que la construcción de representaciones, valoraciones y afectos sobre lo intercambiado y sobre su condición futura adquieren centralidad en la dinámica actual de las finanzas (Appadurai, 2017; Orléan, 2014; Marazzi, 2014). Los mercados financieros funcionan centralmente como mercados de confianza: mercados que se movilizan por la fuerza de los juicios o creencias sobre activos desanclados de una referencia material inmediata (incluso en el caso de la propia moneda) (Aglietta y Cartelier, 2002; Orléan, 2014). Para decirlo con Tarde, estos mercados se configuran actualmente como comunidades de opinión o, en los términos de la sociología económica contemporánea, de (e)valuación (Lamont, 2012; Vatin, 2013):7 son los juicios cognitivos y valorativos referidos a los activos en circulación (producidos, cristalizados y legitimados por las comunidades financieras) los que permiten comprender sus valores-precios actuales en relación con la creencia en el valor futuro de tales o cuales monedas, bonos, contratos o acciones.

Cognitivos, porque los modos de definición y clasificación de los activos y derivados, que permiten categorizarlos y jerarquizarlos, hacen posible la dinámica financiera al volverlos conmensurables y comparables (fijando nociones y estándares relativamente estabilizados a nivel global). En particular, los marcos representacionales producidos por un conjunto de saberes expertos específicos (como la economía, la matemática, la contabilidad, entre otros) permiten construir principios de cálculo o asignación de valor sobre los productos financieros. Conocimientos (o información) que, además, se traducen en dispositivos sociotécnicos o equipamientos que moldean las prácticas profesionales de los agentes, dando así formas específicas los modos de calcular, invertir o especular: algoritmos, fórmulas y modelos para cálculos de derivados financieros o estimaciones de riesgos o crediticias, pero también pantallas de trading (trading screens) conectadas en redes globales, tableros de cotizaciones de compra-venta de valores (stock tickers), teléfonos y otros (Callon, 1998; Callon y Muniesa, 2005; Knorr Cetina y Bruegger, 2000, 2002a, 2002b; Knorr Cetina y Preda, 2005; MacKenzie, 2006, 2009; Preda, 2007, 2009; Zaloom, 2003, 2006).8

Valorativos, porque los modos de evaluación de los “bienes” financieros nunca son puramente técnicos, aun con los altos grados de estandarización de los procedimientos y cálculos financieros a nivel global. No solo porque los propios métodos y modelos técnico-matemáticos contienen, ellos mismos, definiciones morales y políticas (MacKenzie, 2009; Maurer, 2002), sino porque la dinámica financiera exige algo más que saber: una multiplicidad de creencias y valoraciones orientan las estrategias de inversión y convierten ciertos activos (y no otros) en atractivos (De Bondt, 2005; Ho, 2009; Ortiz, 2013, 2018). El valor de un activo financiero supone su inclusión en una construcción en torno a relaciones económicas y políticas presentes y futuras (en el fondo, son siempre imprevisibles y contingentes). Implica, asimismo, que está fundamentado moral y políticamente: las finanzas y sus modalidades de especulación también movilizan valoraciones (social e históricamente situadas y nunca carentes de conflicto) acerca de lo que es justo o injusto, aceptable o reprobable, bueno o malo, apropiado o inapropiado (Fourcade y Woll, 2013; Stäheli, 2013).

Podemos afirmar que en los mercados de monedas todo lo anterior se traduce con particular nitidez, al tratarse de un bien que, más que un simple mediador instrumental para el intercambio, es un verdadero “símbolo de confianza” (Aglietta y Cartelier, 2002; Orléan, 2014). No solo porque las monedas actuales son fundamentalmente fiduciarias (al haberse desanclado de un respaldo en metales preciosos hace ya largas décadas), sino porque, como la sociología ha señalado desde sus inicios, son portadoras de una fe social que no se explica tanto por sus funciones materiales y dimensiones utilitarias como por la confianza que colectivamente depositamos en ella como productora y reproductora del lazo que nos vincula en términos comunitarios (Simmel, 2013; Mauss, 1971). En este sentido, las actuales “monedas fuertes” del orden financiero internacional han alcanzado a hegemonizar, por diversos procesos políticos e históricos, funciones económicas de relevancia global, pero también imaginarios sociales acerca de su aptitud y capacidad para funcionar como reservas de valor (la función monetaria por excelencia para la teoría neoclásica) (Guyer, 2016).

Entonces, como han señalado los estudios contemporáneos sobre las finanzas, lo que los agentes financieros hacen y piensan tiene efectos en los precios de los instrumentos: sus modalidades de (e)valuación se traducen en consensos cristalizados en los mercados financieros, que tienen el valor de la norma (en tanto instituyen el precio al cual se acepta generalmente comprar y vender) y la fuerza de la opinión pública (en tanto es la naturaleza comunitaria de aquellas convenciones la que consolida su poder y legitimidad) (Orléan, 2014). De ahí que las formas de sociabilidad entre estos agentes se relacionen socialmente conforme los vectores de la creación y difusión del conjunto de representaciones y valoraciones sobre lo intercambiado, así como de las modalidades prácticas (y/o técnicas) de producción de valores-precios (Ortiz, 2013, 2018). Entender los lazos de los mercados financieros en términos de públicos hace posible centrar la mirada en las dinámicas microsociológicas de comunicación en las que esas opiniones (o evaluaciones) son producidas y reproducidas. Un flujo permanente y prácticamente ininterrumpido de conversaciones que performan de modo efectivo las transacciones y articulan conexiones múltiples y dinámicas entre agentes financieros a lo largo y ancho del globo, que comparten una espacio-temporalidad solo virtualmente homogénea. Negociaciones sobre los montos y precios, o los intercambios de conocimiento e información financiera, pero también la llamada small talk entre los agentes, devienen en un verdadero factor de producción. Por eso los mercados financieros pueden ser pensados sociológicamente como “una gran y globalmente distribuida conversación” (Knorr Cetina y Bruegger, 2002a, p. 914; la traducción y la cursiva son nuestras).9 Microsociabilidades o microestructuras que no por ello dejan de tener efectos y alcances globales, al organizar las dinámicas cotidianas de la vida profesional en los mercados financieros. Y que requieren (como ya señalaba Tarde por entonces) de la ampliación de los sistemas tecnológicos que permiten la circulación de la información financiera de forma prácticamente instantánea y a nivel global: desde los teléfonos y los sistemas de mensajería de internet a la propia configuración electrónica de los mercados de valores y derivados, que se materializan en las pantallas de los pisos de trading (Knorr Cetina y Bruegger, 2000; MacKenzie, 2009; Zaloom, 2003, 2006).

Con todo, los procesos de comunicación que motorizan estas dinámicas exceden a los agentes que participan cotidianamente de las transacciones individualizadas y concretas. Si las comunidades financieras son las que producen y reproducen valores de referencia a modo de juicios colectivos sobre los diversos activos negociables, debe tenerse en cuenta que en ellas participan no solo agentes financieros, traders, banqueros o inversores, sino también economistas, asesores financieros, agentes de prensa, funcionarios gubernamentales, calificadoras de riesgo, empresarios y otros actores económicos que intervienen en la construcción de opiniones sobre la evolución de distintos activos y/o la racionalidad de ciertas decisiones de inversión. Así, además de los índices producidos por los grandes mercados bursátiles globales o las calificaciones de las agencias internacionales de riesgo, debemos considerar que las declaraciones de funcionarios gubernamentales (especialmente aquellos vinculados a los bancos centrales o ministerios económicos), las intervenciones de expertos financieros (sea a través de sus consultoras privadas o en los medios de comunicación) e incluso las columnas de opinión (en periódicos, televisión o radio) de periodistas económicos reconocidos, parecen ejercer impactos (incluso bruscos) en el funcionamiento de los mercados, propiciando aumentos o caídas de precios, estimulando retiros de depósitos o compras de divisas en contextos específicos, direccionando las inversiones hacia ciertos activos (y no otros). Y esto en tanto, como señala Preda (2009), pueden funcionar como dispositivos que orientan las prácticas de agentes sociales diversos.

Claro que no todos estos actores, instituciones o discursos sociales ostentan el mismo poder ni poseen igual legitimidad en la producción de las (e)valuaciones financieras. Las finanzas delinean una cartografía jerárquica a nivel global, donde las plazas financieras centrales (ciudades como Nueva York, Londres o Tokio) y los grandes fondos de inversión y calificadoras de riesgo internacionales se reservan el poder/saber de producir clasificaciones y evaluaciones que determinan el valor de acciones privadas, bonos públicos y monedas de orígenes diversos (Sassen, 2005). Tanto vale para el discurso de la teoría económica neoclásica, que ha llegado a consagrarse en las últimas décadas como un saber con amplia validez y legitimidad social para construir la economía como realidad (Vogl, 2015), permeando otros discursos expertos y no expertos, tanto en el ámbito privado como en la esfera pública.

Pero la noción de público permite, incluso, hacer parte del lazo financiero al amplio grupo de actores sociales (legos) que organiza sus repertorios financieros o, simplemente, pero no menos importante, se socializa en la presencia y valor de las cotizaciones de monedas u otros activos. Si, como señalan Muniesa y Helgesson (2013), la producción de valuaciones monetarias no solo es algo que “se hace” en términos prácticos, sino también algo de lo cual los agentes sociales ordinarios participan en su dimensión de espectáculo, la sociología de Tarde nos posibilita comprender que no lo hacen “desde afuera”. Seguir atentamente la evolución y transformación de los precios financieros, conversar cotidianamente acerca de ellos, son modalidades de conexión microsociológicas a través de las cuales las (e)valuaciones financieras atraviesan el conjunto del campo social. Las publicaciones y las difusiones de noticias en los medios de comunicación, las opiniones desalentadoras de expertos en economía o finanzas transmitidas por radio o televisión, las propagaciones de rumores sobre cambios políticos o económicos a través del periodismo, pero también las reiteradas y extendidas conversaciones ordinarias en tiempos de ocio relativas al devenir de una moneda u activo, son parte de la construcción de los intereses apasionados, para decirlo con Latour y Lépinay (2009), que hacen a nuestra vida e imaginarios económicos. En resumen, los públicos son también la objetivación de nuevos vínculos o lazos micropolíticos, constituidos precisamente en torno a la circulación de sentidos y valores (expertos y ordinarios) sobre las monedas u otros activos financieros, en un espacio y en un tiempo social determinados.

Aunque la participación de los públicos financieros puede ser parcial y distraída –en tanto, como todo público, no supone una plena ni exclusiva pertenencia identitaria (Joseph, 1984)– esa modalidad de lazo social puede intensificarse al calor de dinámicas económicas, sociales y políticas específicas que colocan al mundo financiero en el centro de la vida social en coyunturas determinadas (pudiendo incluso transformar los repertorios económicos de variados agentes sociales). En otras palabras, para decirlo con Tarde, los públicos pueden devenir multitudes.

Cuando los mercados se multitudinarizan: las comunidades financieras y sus crisis

A pesar de que vivimos en la “era de los públicos”, la vida de las sociedades es mucho más que ellos. La sociología de Tarde buscó diferenciar a los públicos de otra modalidad de lazo social que llamó multitud (Tarde, 2013b). Una forma de relación social que se distingue por constituirse a partir de una propagación muy intensa y vertiginosa de pocas, o simples, ideas y pasiones entre una multiplicidad de individuos que se encuentran juntos (y que, en el límite, pierden sus particularidades y diferencias para fundirse en esa identidad colectiva). A diferencia del ritmo regular de la vida social, donde múltiples y heterogéneas creencias y afectos recorren y componen el tejido colectivo, los momentos multitudinarios se producen en torno a una reducción (ya sea en cantidad o en complejidad) de las opiniones que, irradiando generalmente desde una posición de estatus, poder o legitimidad, se propagan con una particular fuerza y velocidad entre los individuos. Ciertas ideas, afectos, personas, pero también objetos, pueden concentrar súbitamente una gran cantidad de flujos económicos, cognitivos y afectivos, transformando el ordenamiento de la vida social (en un sentido que puede ser más o menos momentáneo).

Al destacar esta transformación en el ritmo y la intensidad de las opiniones y prácticas económicas, el concepto de multitud puede contribuir a comprender las dinámicas sociales por las que se hacen, pero también deshacen, los mercados y sus culturas. Para decirlo de otro modo, los mercados financieros, aquellos públicos contemporáneos, pueden devenir multitudes en momentos y contextos específicos. De hecho, esta aproximación analítica no es novedosa. Si bien las discusiones sociológicas sobre las masas o multitudes perdieron el protagonismo que poseían en los inicios de la disciplina, han sido productivas para la sociología de los mercados financieros contemporáneos. El concepto de multitud ha sido recuperado de modos heterogéneos en el campo de la sociología económica (aunque también por la behavioural finance, entre otros abordajes provenientes de la disciplina económica) a la hora de reflexionar sobre las dinámicas financieras y, en particular, sobre sus momentos de crisis. Mientras que algunos trabajos buscaron asimilar el funcionamiento de los mercados al de las multitudes o masas (Stäheli, 2006), otros evidenciaron el modo en que esas ideas forman parte del imaginario de los propios agentes financieros acerca del mercado (Baker, 1984; Knorr Cetina, 2003). Siguiendo el planteo de Borch (2007), es posible sostener que hay algo de la dinámica multitudinaria en la vida regular de los mercados, y no solo en sus crisis.

Habiendo otros posibles, el sentido dado a la noción tardeana de multitud en este texto (como una dinámica específica de relacionamiento social) tiene la virtud de permitir producir aproximaciones que atiendan a las crisis o estallidos especulativos ya no como fenómenos patológicos (o distorsivos), sino como una particular intensificación de lógicas que están en el funcionamiento normal de los mercados: la aceleración y expansión de la propagación de determinados flujos financieros, que son siempre económicos, simbólicos y afectivos. Esto es, por un lado suponen la reproducción de ciertas estrategias especulativas, pero también de una cierta configuración cultural, históricamente situada, de las finanzas. Las abstracciones sobre “el mercado” que se movilizan a la hora de explicar las crisis suelen invisibilizar el modo en que un conjunto de ideologías (en el sentido amplio de aquel término) y prácticas cotidianas de quienes hacen los mercados se gestan y expanden, para luego consolidarse y legitimarse; siendo estas prácticas profesionales y culturas corporativas (y no una pura naturaleza cíclica de los mercados) las que permiten comprender más acabadamente los estallidos financieros (Ho, 2009). Pero, por otra parte, implica reconocer que los intercambios financieros están asimismo ligados a un conjunto de emociones y afectos que son parte constitutiva de las prácticas profesionales de los agentes financieros (aunque no solo de ellos). Como la sociología de las finanzas ha venido señalando, la dimensión afectiva es central en los vínculos que se entablan entre los agentes (Baker, 1984), así como en su relación de apego al mercado en sí mismo (o a sus múltiples productos) (Knorr Cetina y Bruegger, 2002b). Los gritos y ruidos en los pisos de trading, la vorágine de las transacciones que se suceden en las pantallas, el nerviosismo que emerge frente a cambios abruptos de precios o cotizaciones, revelan características de aquellas prácticas —especial pero no únicamente en los momentos de crisis— que no caben en la imagen del mercado eficiente ni en el concepto de racionalidad instrumental de la teoría económica.

A diferencia de los mercados de producción o de consumo, los financieros se distinguen por la volatilidad de sus transacciones, estimulada por la rápida circulación de la información. Sin embargo, la lógica de la propagación de las opiniones que caracteriza a las modalidades de producción de las (e)valuaciones financieras puede volverse particularmente vertiginosa en momentos específicos, aunque por motivos múltiples y heterogéneos que deben ser reconstruidos para cada coyuntura crítica. Lo que todas ellas evidencian, sin embargo, es una intensificación y aceleración de las sociabilidades que marcan la cotidianeidad de los mercados, que generalmente se traduce en la intensificación y aceleración de ciertos intercambios financieros especulativos. Así, si las conversaciones brindaban esa liquidez social a un mercado estructurado en torno a la liquidez económica, su ritmo e intensidad no son ajenos al ritmo e intensidad de las propias transacciones (Knorr Cetina y Bruegger, 2002a).

En esos procesos, acaso paradójicamente, los mercados financieros revelan su dimensión más tradicionalmente comunitaria: su alcance global no invalida que el mundo de las finanzas refiera a agentes e instituciones que, en todas las plazas financieras de las grandes ciudades, se encuentran fuertemente ligadas por redes personales y geográficamente concentradas en áreas urbanas pequeñas (Carruthers, 2009; Sassen, 2005).10 Sin contraponerse a la configuración del mercado como público (virtual y global), es necesario destacar que los agentes financieros que hacen los mercados entablan también vínculos de cercanía y proximidad, evidenciando que las relaciones personales y mercantiles no constituyen, parafraseando a Zelizer (2008), esferas separadas ni mundos hostiles.11 A pesar de que la globalización y el gran salto tecnológico han modificado las formas de organización del conjunto del sector financiero, los lazos sociales personales conforman un aspecto central en la vida profesional de sus agentes. Las redes de relaciones entre los agentes financieros son, más que regularidades de contactos o flujos abstractos, lazos interpersonales (en muchos casos, de confianza, proximidad e incluso afecto) en los que se construyen prácticas, entendimientos y valoraciones que dan vida a las transacciones económicas (Abolafia, 1996; Godechot, 2001; Ho, 2009; Knorr Cetina y Preda, 2005; Knorr Cetina y Bruegger, 2000, 2002a, 2002b; Müller, 2006).

Esta arena comunitaria en la que se constituye la actividad financiera profesional es nodal, entendiéndose así el modo en que ciertos repertorios financieros comienzan a propagarse con cierta intensidad. Qué tipo de esos repertorios se multitudinarizan en cada contexto de crisis depende, como señalamos previamente, de la configuración económica, social y cultural de los diversos mercados. Pero podemos decir, siguiendo las premisas de Tarde (2013a), que las prácticas que son luego imitadas o emuladas en el mercado suelen provenir desde lo alto de ese espacio social. Es decir, son los agentes o instituciones más poderosas del mercado, tanto en términos económicos como simbólicos, los que, generalmente, constituyen el foco de irradiación de las ideas y prácticas (en muchos casos, verdaderas invenciones financieras) que serán luego reproducidas por otros actores sociales, y cuyas consecuencias no pueden siempre determinarse con antelación. La crisis de las subprime en Estados Unidos no puede explicarse sin la novedosa creación, por parte de los grandes bancos, de paquetes de hipotecas para ser vendidas a inversores. Dicha técnica de “securitización” se expandió a tal punto que propició un desequilibrio sistémico, en tanto bancos y brokers hipotecarios otorgaban más y más hipotecas para luego titularizarlas (Carruthers, 2009). Pero también, en mercados financieros muy disímiles al norteamericano, como el caso argentino, las recientes y reiteradas crisis producidas por “corridas” cambiarias no pueden comprenderse sin la iniciativa de los grandes bancos, corporaciones e inversores de volcarse a la compra de dólares, para luego multiplicarse entre agentes sociales heterogéneos, que llegan incluso a agolparse físicamente frente a bancos o casas de cambio para adquirir dólares en billetes (Luzzi y Wilkis, 2018; Sánchez, 2017). Estos y otros casos empíricos —como el de Brasil (Müller, 2006)— muestran que la dimensión multitudinarizante de lazos financieros no contradice, sino que supone, la estructuración de vínculos de poder. Por todo lo anterior, consideramos que la noción de multitud podría constituir una potente herramienta analítica para la construcción de lo que Carruthers (2009) llamó una “sociología de las burbujas financieras”.

A modo de conclusión

Marion Fourcade (2007) sostiene que la sociología de los mercados está asistiendo a una revolución silenciosa y que esa revolución está redefiniendo significativamente el modo en que pensamos no solo la sociología económica, sino la sociología tout court. Si esta disciplina en sus orígenes, debió dar cuenta de los procesos de mercantilización y monetización para comprender la fisonomía y las interioridades de la nueva sociedad moderna, hoy no puede pensar lo social sin considerar que los mercados financieros constituyen la modalidad de coordinación económica más extendida e influyente en las sociedades tardocapitalistas, pero también el sitio donde potentes sentidos, valores y afectos son creados y recreados. Desentrañar la lógica social de los mercados financieros se vuelve entonces, además de una tarea necesaria, una forma de identificar dinámicas paradigmáticas de las sociedades de nuestro tiempo.

La sociología de las finanzas parte de una premisa que contradice algunos de los sentidos comunes más extendidos sobre los mercados financieros: aun reconociendo que son espacios sociales donde el conocimiento y la información, así como la tecnología y los dispositivos sociotécnicos son nodales en su configuración, lejos están de constituir aquellos terrenos completamente abstractos e impersonales que imaginó la teoría neoclásica. Y esto porque, aunque sea hoy una verdad de Perogrullo para los cientistas sociales, los mercados son constructos sociales y, como tales, no constituyen esferas de acción analítica o empíricamente antitéticas a la sociedad y la cultura. La sociología de Gabriel Tarde nos ha permitido, de hecho, pensar los mercados como sociedades, movilizando dos categorías originalmente pensadas para aprehender modos generales de estructuración del lazo social —público y multitud— a fin de interpretar las dinámicas específicas de los mercados financieros y las formas de asociación que los caracterizan.

A pesar de que estas categorías evidencian la articulación de lógicas sociales múltiples en la vida de los mercados financieros, ambas concurren en destacar la dimensión comunicacional que estos presentan en la actualidad. La circulación de corrientes de opinión (que suponen ya la imbricación de elementos cognitivos, valorativos y también afectivos) es inherente a la circulación de flujos de monedas, futuros o cualquier otro instrumento, en un espacio social donde la especulación sobre su valor futuro constituye la lógica de acción privilegiada. Por lo que las evaluaciones que diversos agentes, desigualmente posicionados en la arquitectura financiera, realizan sobre aquellos activos es determinante en la fijación de su valuación monetaria. Sin embargo, las distintas intensidades y velocidades de estos intercambios pueden dar origen a la configuración de burbujas o crisis cuando se concentran en lapsos breves y vertiginosos de tiempo, en determinados activos o repertorios.

Mientras que la noción de público permitió comprender la lógica financiera como algo que atraviesa transversalmente (incluso a la distancia) el campo social, la de multitud contribuyó a señalar que en el mundo profesional de las finanzas la proximidad personal (o incluso geográfica) entre los agentes que performan las transacciones constituye un rasgo central de la actividad cotidiana de las plazas financieras. Comprender la configuración de los mercados financieros entre los públicos y las multitudes hace posible de este modo articular dimensiones analíticas que muchas veces son abordadas pero no integradas en la sociología económica: la dimensión globalizada de las finanzas (vinculada a la circulación de flujos de dinero y opinión a la distancia a través de dispositivos sociotécnicos cada vez más relevantes para su funcionamiento); y la dimensión más tradicionalmente comunitaria (relativa a la presencia de lazos personales entre los agentes profesionales en el terreno de la pretendida abstracción e impersonalización).

Esta aproximación tardeana a los mercados financieros nos permitió, por último, entender las corrientes de opinión como verdaderas conexiones micropolíticas, no solo entre los agentes profesionales del mercado, en tanto desbordan con mucho el ámbito de su expertise. En los tiempos de la financiarización, cada vez más la vida cotidiana de las poblaciones y los hogares está anudada al devenir de las (e)valuaciones sobre monedas (que súbitamente pueden ganar o perder valor), futuros de commodities u otros contratos, deudas privadas (hipotecarias, educativas o de consumo) y públicas (bonos y títulos públicos que engrosan las deudas estatales).

Bibliografía

ABOLAFIA, M. (1996). Making markets: opportunism and restraint on Wall Street. Cambridge: Harvard University Press.

ABOLAFIA, M. (1998). “Markets as cultures: an etnographic approach”. The Sociological Review, n.º 46 (1), pp. 69-85.

AGLIETTA, M.; CARTELIER, J. (2002). “El orden monetario de las economías de mercado”. Cuadernos de Economía, n.º 21 (36), pp. 41-75.

APPADURAI, A. (2017). Hacer negocios con palabras. El fracaso del lenguaje como clave para entender el capitalismo financiero. Buenos Aires: Siglo xxi.

ARNOLDI, J.; BORCH, C. (2007). “Market Crows between Imitation and Control”. Theory, Culture & Society, n.º 24 (7-8), pp. 164-180.

ASPERS, P.; BECKERT, J. (2012). “Value in markets”. En: P. ASPERS; J. BECKERT (eds.). The Worth of Goods. Oxford: Oxford University Press, pp. 3-40.

BAKER, W. (1984). “Floor trading and crowd dynamics”. En: P. A. ADLER; P. ADLER (eds.). The Social Dynamics of Financial Markets. Greenwich, CT: Jai Press, pp. 107-128.

BLANCO, A. B. (2014). “La estructuración y dinámica de los públicos. Recuperando la perspectiva microsociológica de Gabriel Tarde”. Ponencia presentada en las VIII Jornadas de Sociología de la Universidad Nacional de La Plata, La Plata, 3, 4 y 5 de diciembre.

BLANCO, A. B. (2016). “Las otras reglas del método sociológico. El paradigma microsociológico en los textos de Gabriel Tarde”. Tesis doctoral, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

BLANCO, A. B.; SÁNCHEZ, M. S. (2019). “¿Puede la economía estar hecha de creencias y deseos? Recuperando los aportes de Gabriel Tarde a la sociología económica”. Revista Athenea Digital (en prensa).

BORCH, C. (2007). “Crowds and economic life: bringing an old figure back in”. Economy and Society, n.º 36 (4), pp. 549-573.

BOURDIEU, P. (2010). Las estructuras sociales de la economía. Buenos Aires: Manantial.

CALLON, M. (ed.) (1998). The laws of the markets. Oxford: Backwell.

CALLON, M.; MUNIESA, F. (2005). “Economic markets as calculative collective devices”. Organization Studies, n.º 26, pp. 1 229-1 250.

CARRUTHERS, B. (2009). “A sociology of bubbles”. Contexts, n.º 8 (3), pp. 22-26.

CARRUTHERS, B.; BABB, S. (2000). Economy/Society: markets, meanings and social structure. California: Pine Forge Press.

DE BONDT, W. (2005). “The values and beliefs of European Investors”. En: K. KNORR CETINA; A. PREDA (eds.). The sociology of financial markets. Oxford: Oxford University Press.

DiMAGGIO, P. (2005). “Culture and Economy”. En: N. SMELSER; R. SWEDBERG (eds.). The Handbook of Economic Sociology. Princeton: Princeton University Press.

DOBBIN, F. (ed.) (2004). The sociology of the economy. Nueva York: Russell Sage.

FLIGSTEIN, N. (2000). The architecture of markets: an economic sociology of twenty first-century capitalist societies. Princeton: Princeton University Press.

FOUCAULT, M. (2006) [1975]. “Gestionar los ilegalismos”. En: R.-P. DROIT. Entrevistas con Michel Foucault. Buenos Aires: Paidós.

FOURCADE, M. (2007). “Theories of markets and theories of society”. American Behavioral Scientist, n.º 50, pp. 1 015-1 034.

FOURCADE, M.; HEALY, K. (2007). “Moral views of markets society”. Annual Review of Sociology, n.º 33, pp. 14.1-14.27.

FOURCADE,M.; WOLL,C.(2013).“Moral categories in the financial crisis”. Socio-Economic Review, n.º 11, pp. 601-627.

GODECHOT, O. (2001). Les traders: essai de sociologie des marchés financiers. París: La Découverte.

GRANOVETTER, M. (2003). “Acción económica y estructura social: el problema de la incrustación”. En: F. REQUENA SANTOS (comp.). Análisis de redes sociales: orígenes, teorías y aplicaciones. Madrid: Alianza, pp. 231-269.

GUYER, J. (2016). “Soft Currencies, Cash Economies, New Monies: Past and Present”. En: J. GUYER. Legacies, Logics, Logistics: Essays in the Anthropology of the Platform Economy. Chicago: Chicago University Press, pp. 220–237.

HO, K. (2009). Liquidated. An ethnography of Wall Street. Durham-Londres: Duke University Press.

JOSEPH, I. (1984). “Gabriel Tarde: le monde comme feerie”. Critique, n.º 40.

KNORR CETINA, K. (2003). ‘From pipes to scopes: the flow architecture of financial markets’. Distinktion, n.º 7, pp. 7-23.

KNORR CETINA, K. (2007). “Economic sociology and the sociology of finance: Four distinctions, two developments, one field?”, Economic sociology. The european electronic newsletter, Max Planck Institute for the Study of Societies (MPIfG), Cologne, Vol. 8, Iss. 3, pp. 4-10.

KNORR CETINA, K.; BRUEGGER, U. (2000). “The market as an object of attachment: exploring postsocial relations in finantial markets”. Canadian Journal of Sociology, n.º 25 (2), pp. 141-168.

KNORR CETINA, K.; BRUEGGER, U. (2002a). “Global microestructures: the virtual societies of financial markets”. American Journal of Sociology (AJS), n.º 107 (4), pp. 905-950.

KNORR CETINA, K.; BRUEGGER, U. (2002b). “Traders engagement with markets: a postsocial relationship”. Theory, Culture and Society, n.º 19 (5/6), pp. 161-185.

KNORR CETINA, K.; PREDA, A. (eds.) (2005). The sociology of financial markets. Oxford: University Press.

LAMONT, M. (2012). “Toward a Comparative Sociology of Valuation and Evaluation”. Annual Review of Sociology, n.º 38, pp. 201-221.

LATOUR, B.; LÉPINAY, V. A. (2009). The Science of Passionate Interests: An Introduction to Gabriel Tarde’s Economic Anthropology. Chicago: Prickly Paradigm Press.

LAZZARATO, M. (2018). Potencias de la invención. La psicología económica de Gabriel Tarde contra la economía política. Buenos Aires: Cactus.

LUZZI, M.; WILKIS, A. (2018). “El dólar habló en números. Crónica periodística y publicidad en la primera popularización del dólar en la Argentina (1958-1967)”. En: J. CARAVACA; C. DANIEL; M. PLOTKIN (eds.). Saberes desbordados. Historias de diálogos entre conocimientos científicos y sentido común (Argentina, siglos XIX y XX). Buenos Aires: Instituto de Desarrollo Económico y Social, pp. 182-204.

MACKENZIE, D. (2006). An engine, not a camera: How financial models shape markets.

Cambridge (MA): MIT Press.

MACKENZIE, D. (2009). Material markets: how economic agents are constructed. Oxford: University Press.

MACKENZIE, D.; MUNIESA, F.; SIU, L. (2008). Do Economists Make Markets? On the Performativity of Economics. Princeton: Princeton University Press.

MARAZZI, C. (2014). Capital y Lenguaje. Hacia el gobierno de las finanzas. Buenos Aires: Tinta Limón.

MAURER, B. (2002). “Repressed futures: Financial derivatives’ theological unconscious”.Economy and Society, n.º 31 (1), pp. 15–36.

MAUSS, M. (1971). “Los orígenes de la noción de moneda”. En: Obras completas. Tomo II.

Barcelona: Barral Editores, pp. 87-95.

MOSCOVICI, S. (1981). La era de las multitudes. Un tratado histórico de la psicología de las masas. México: Fondo de Cultura Económica.

MUNIESA, F.; HELGELSSON, C-F. (2013). “Valuation Studies and the spectacle of valuation”.Valuation Studies, n.º 1 (2), pp. 119-123.

MÜLLER, L. (2006). Mercado exemplar: Um estudo antropológico sobre a bolsa de valores. Porto Alegre: Editora Zouk.

NOCERA, P. (2008). “Masa, público y comunicación. La recepción de Gabriel Tarde en la sociología de Robert Park”. Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, n.º 19.

NOCERA, P. (2013). “Gabriel Tarde y las formas elementales del espíritu público”. En: G. TARDE, La opinión y la multitud. Buenos Aires: Urbanita.

ORLÉAN, A. (2006). El poder de las finanzas. Bogotá: Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE), Universidad Externado de Colombia.

ORLÉAN, A. (2014). The empire of value. A new foundation for economics. Cambridge: The MIT Press.

ORTIZ, H. (2013). “Financial value. Economic, moral, political, global”. HAU: Journal of Ethnographic Theory, n.º 3 (1), pp. 64-79.

ORTIZ, H. (2018). “La evaluación profesional de las empresas cotizadas en bolsa: la producción social de una “verdad” técnica y política”. En: A. WILKIS (ed.). El poder de evaluar. La producción monetaria de jerarquías sociales, morales y estéticas en la sociedad contemporánea, Buenos Aires: UNSAM Edita y Universidad del Rosario Editorial.

POLANYI, K. (2007). La gran transformación. México: Fondo de Cultura Económica.

PREDA, A. (2007). “The sociological approach to financial markets”. Journal of Economic Surveys, n.º 21 (3), pp. 506-533.

PREDA, A. (2009). Information, knowledge, and economic life: an introduction to the sociology of markets. Oxford: Oxford University Press.

SÁNCHEZ, M. S. (2017). “La re-producción del dólar blue como número público en la Argentina de la posconvertibilidad”. Revista Mexicana de Sociología, n.º 79 (1), pp. 7-34.

SASSEN, S. (2005). “The Embeddedness of Electronic Markets: The Case of Global Capital Markets”. En: K. KNORR CETINA; A. PREDA (eds.). The Sociology of Financial Markets. Oxford: Oxford University Press.

SIMMEL, G. (2013). Filosofía del dinero. Madrid: Capitán Swing.

STÄHELI, U. (2006). ‘Market crowds’. En: J. SCHNAPP; M. TIEWS (eds.). Crowds. Stanford, CA: Stanford University Press, pp. 271-287.

STÄHELI, U. (2013). Spectacular Speculation. Thrills, the economy and popular discourse. Standford: Standford University Press.

SPILLMAN, L. (1999). “Enriching Exchange: cultural dimensions of markets”. American Journal of Economics and Sociology, n.º 58 (4), pp. 1 047-1 071.

SWEDBERG, R. (1993) (ed.). Explorations in economic sociology. Nueva York: Russell Sage Foundation.

TARDE, G. (2011) [1881]. “La psicología en economía política”. En Creencias, deseos, sociedades, Buenos Aires: Cactus, pp. 143-197.

TARDE, G. (2013a) [1898]. Las leyes sociales. Barcelona: Gedisa.

TARDE, G. (2013b) [1901]. La opinión y la multitud. Buenos Aires: Urbanita.

TONKONOFF, S. (2016). “Individuo, multitud y cambio social. Una aproximación a la teoría social de Gabriel Tarde”. Revista Antípoda, n.º 24, pp. 131-149.

TONKONOFF, S. (2017). From Tarde to Deleuze and Foucault. The infinitesimal revolution. Nueva York: Palgrave MacMillan.

VATIN, F. (2013). “Valuation as evaluating and valorizing”. Valuation Studies, n.º 1 (1), pp. 31-50.

VOGL, J. (2015). El espectro del capital. Buenos Aires: Cruce Casa Editora.

ZALOOM, C. (2003). “Ambiguous numbers: trading technologies and interpretation in financial markets”. American Ethnologist, n.º 30 (2), pp. 258-272.

ZALOOM, K. (2006) Out of the pits. Traders and technology from Chicago to London. Chicago: University of Chicago Press.

ZELIZER, V. (1979). Moral and Markets. The development of life insurance in the United States. Nueva York: Columbia University Press.

ZELIZER, V. (2008). “Pasados y futuros de la sociología económica”. Apuntes de Investigación del CECyP, n.º 14, pp. 94-112.

Notas

1. Agradezco los comentarios de Mariana Luzzi, Ana Belén Blanco y Pablo Figueiro sobre este texto.

2. Estos estudios se inspiran en la noción polanyanana de embededdness (traducida generalmente como “arraigo”). De hecho, uno de los antecedentes más citados en este campo de estudios es el libro de Karl Polanyi, publicado originalmente en 1944, La gran transformación (2007), trabajo frecuentemente utilizado para criticar el mito neoclásico de los mercados autorregulados y establecer el carácter socialmente estructurado, políticamente definido e históricamente variable de los mercados.

3. Como destaca Fourcade (2007), es una distinción analítica construida con fines hermenéuticos, pero debe tenerse en cuenta que cada una de estas corrientes es heterogénea internamente y que muchos de los textos/autores trabajan con perspectivas que hibridan entre estos enfoques teóricos.

4. No nos atenemos aquí a la denominación de Fourcade (2007) sobre “los analistas del campo”, para lograr integrar trabajos cuyo énfasis se focaliza asimismo en la dimensión cultural de los mercados, aunque no desde la perspectiva estructuralista que organiza el esquema de la autora.

5. Frente a otros abordajes posibles de los textos de Gabriel Tarde, priorizamos la comprensión de los públicos (y las multitudes) como lazos o dinámicas sociales, con características singulares, más que como tipos específicos de agrupamiento colectivos (que serían mutuamente excluyentes entre sí por sus formas de composición). La propuesta permite ahondar en los modos en que las sociedades (o, en este caso, los mercados) se constituyen en torno a la articulación de ambos vínculos o lógicas sociales. Para algunos debates referentes a estas categorías y aproximaciones distintas a las de este texto, ver Nocera (2008, 2013) y Tonkonoff (2016).

6. En la sociología tardeana, considerada una “microsociología” o una “interpsicología”, tanto las sociedades como los individuos, los grupos como las instituciones, son siempre estabilizaciones parciales de la multiplicidad de corrientes o flujos de creencias y deseos que recorren y desbordan el campo social. El concepto de opinión implica también esta articulación entre el componente de la creencia y del deseo, pero supone un énfasis en su configuración en tanto conjunto de juicios que se encuentran extendidos en un espacio social en un momento determinado (Tarde, 2013b). Para un análisis exhaustivo sobre la sociología de Gabriel Tarde, se sugiere Lazzarato (2018), Blanco (2016) y Tonkonoff (2016, 2017). Para un análisis sobre la noción de opinión, ver Nocera (2013).

7. Si el concepto de opinión tardeano se vincula íntimamente a su noción de valor, en tanto elemento central para producir apreciaciones y jerarquizaciones sobre las personas y las cosas (Blanco y Sánchez, 2019), la noción de (e)valuación que actualmente se desarrolla en el campo de la sociología económica (que algunos consideran un subcampo de trabajo: los estudios sobre valuaciones) busca evidenciar asimismo la necesaria imbricación entre las dimensiones de la valuación (la asignación o atribución de un monto monetario a un bien o servicio, entre otros ) y la evaluación (la ligación de esa atribución monetaria a otros registros de valoración y apreciación, culturales, morales, políticos y estéticos) en todo proceso de producción y asignación de un valor monetario (Lamont, 2012; Vatin, 2013).

8. Estos estudios constituyen, sin duda, uno de los enfoques más extendidos en los estudios sociológicos y antropológicos sobre mercados financieros, que busca dar cuenta de la imbricación de los dispositivos técnicos (o bien de los llamados “objetos no humanos”) en la vida de las finanzas. Articulando los estudios de la economía y los estudios de la ciencia, puede decirse que han buscado realizar en los trading floors lo que los últimos habían materializado en el laboratorio.

9. También para Gabriel Tarde (2013b) la conversación conformaba uno de los grandes factores de la opinión, en tanto a través de las conversaciones privadas (pero también públicas, como las plasmadas en la prensa) una opinión cualquiera puede devenir “la opinión” para una sociedad o grupo.

10. Carruthers (2009) evidencia de qué modo las redes de cercanía (personales y geográficas) permiten comprender la expansión de prácticas de inversión de derivados problemáticos y riesgosos, por prácticas de emulación entre los agentes (que denomina herding, esto es, “comportamiento multitudinario”), que finalizaron en la crisis subprime de 2008.

11. El debate sobre la supuesta despersonalización de los vínculos sociales en el espacio del mercado ha ocupado un lugar relevante en la mencionada revitalización de los estudios sociológicos y antropológicos sobre la economía. Estos trabajos han buscado rebatir aquello que Viviana Zelizer (2008, p. 99) denominó “las historias gemelas de las esferas separadas y los mundos hostiles”. Es decir, aquellas perspectivas que definen la actividad económica como una esfera absolutamente separada, cuando no opuesta, de las relaciones personales (y más aún, de aquellas propiamente íntimas).